Casa de la Cultura Indo-Afro-Americana (Institución sin fines de lucro que lucha contra el racismo, la discriminación, la xenofobia y todas formas conexas de intolerancia en esta sociedad Argentina)

Con intervalo de una semana celebramos dos festividades que no suelen vincularse: el 8 de noviembre conmemoramos el Día Nacional de los Afroargentinos y el 15, un nuevo aniversario de la ciudad. Un lazo profundo, sin embargo, une ambas efemérides ya que fueron cientos los africanos y miles los afrodescendientes que tuvieron (y tienen) un rol central en la formación, transformación y hasta literal construcción de la ciudad de Santa Fe.

Desde las primeras décadas del siglo XVII tenemos registros de su presencia en Santa Fe la Vieja. Antes de llegar habían sido capturados en sus aldeas y apartados de sus familias en su África natal, habían sido transportados al otro lado del Atlántico, rebautizados, sujetos a prácticas de reconversión religiosa, inmersos en una cultura y una lengua que debieron aprender a descifrar y finalmente vendidos como esclavos. Esclavizados fue como llegaron a la ciudad. Muchos murieron esclavizados, otros lograron liberarse. La mayoría, sobre los cimientos de estas grandes violencias, encontraron las fuerzas para sobrevivir. La imagen más extendida sobre la esclavitud es la que la asocia al trabajo en plantaciones, en parte por el retrato hollywoodense de la historia norteamericana. Eso ha tendido a borrar el conocimiento de la esclavitud en nuestro país, y en nuestra ciudad.

NUESTRO CASO

Aquí los esclavos trabajaron en tareas rurales (pero no en condiciones de plantación) y más comúnmente cumplieron labores urbanas. Sirvieron en las casas de la pequeña elite, trabajaron para su sustento. Las mujeres trabajaron también como cocineras, lavanderas, niñeras, cuidadoras y cocedoras, y los varones como zapateros, albañiles, plateros, barberos, carpinteros, carretilleros, labradores, carniceros, boteros, sastres y músicos.

No existen datos firmes sobre el volumen de la población esclava local para el siglo XVII y XVIII. Sin embargo, María del Rosario Baravalle reconstruyó que se compraron y vendieron casi 150 en el XVII y Manuel Cervera sostuvo que hacia 1720 la población de castas en su conjunto (esto es, las diversas mezclas entre españoles, indígenas y africanos) debía constituir un cuarto de la población. Hacia fines de ese siglo podemos presumir que esa presencia aumentó (como sucedió en Buenos Aires) de la mano de la creación del virreinato de la Río de la Plata (1776), el establecimiento del reglamento de “libre comercio” (1778) y la intensificación de la importación de esclavos en la región en general.

Recién podemos conocer mejor esta presencia africana hacia 1816-1817, cuando se ordenó la realización de un censo de los cuatro cuarteles en los que se dividía la ciudad (una división que conocía su vértice en las actuales calles General López y 9 de Julio). Por entonces la ciudad tenía algo más de 6.000 habitantes. En el censo se clasificaba a “pardos y morenos” (esto es, si las personas eran negras, morenas, chinas (mezcla de indio y negro), indias o pardas (mezcla de negro y “español” o blanco), tales fueron las categorías usadas). También se consignaba su “clase”, esto es, si eran esclavos o libres. A partir de esa información sabemos que en Santa Fe casi el 50 % de la población era “parda o morena” en el sentido mencionado, que algo más del 11% (sobre la población total) eran esclavos, y que en ese momento puntual del censo se contabilizaban algo más de 100 negros nacidos en África (a quienes se llamaba “bozales”).

De acuerdo al censo, ellos provenían mayormente de Angola y Guinea (y en casos aislados de Mozambique y Mina (actual Ghana)). Si miramos otras fuentes, como por ejemplo los registros matrimoniales que confeccionaban los párrocos, se multiplican los casos de africanos y sus procedencias (por ejemplo, aparecen las naciones Benguela, Casanche, Lubolo).
MESTIZAJE EN LA CIUDAD

Muchos de estos africanos se casaron con africanas pero muchos otros con pardas, indias, chinas e incluso blancas. También muchos negros y pardos nacidos en América (a quienes se llamaba “criollos”) también continuaron casándose con personas de diversas castas. En el XIX encontramos a negros y pardos viviendo como esclavos en los cuarteles donde se concentraba la elite y los conventos (el 1 y 2, los del sur) y vemos más negros y pardos libres en los cuarteles 3 y 4 (al norte de General López), conviviendo con blancos pobres, chinos e indios. Contra la extendida imagen de que los indígenas vivían entonces exclusivamente en las reducciones o azolado los poblados en malones, encontramos una nutrida comunidad de “indios” y “chinos” conviviendo en las manzanas más alejadas pero más nutridas de traza urbana. El mestizaje en la ciudad fue mucho más fuerte de lo que solemos recordar. Tan fuerte que es muy probable que casi todos tengamos ancestros negros y pardos.

La historia de estos sectores populares, profundamente mestizados y llamativamente olvidados en las historias tradicionales de la ciudad, es la que nos falta reconstruir y recordar. Reconocer en ellos una parte central de nuestra historia e incluso de nuestras biografías es conocernos mejor. Recordar sus trabajos, su vida cotidiana, sus luchas (llevadas adelante a través de fugas, de desobediencias, pero también del ahorro y la compra de la libertad, de la toma de las armas por la revolución y de la lucha en los tribunales por su libertad) es comprender nuestro pasado y también nuestro presente. Puede contribuir a afrontar grandes preguntas que todavía debemos responder: ¿por qué “desaparecieron” los negros en Argentina y en Santa Fe? O ¿Por qué los invisibilizamos? ¿Por qué reivindicamos tanto abuelos europeos y no africanos? ¿Por qué se abandonaron clasificaciones raciales formales pero negro sigue siendo un insulto?

Somos hijos de esos africanos y afrodescendientes que poblaron la ciudad. No se trata de unos “otros” a reivindicar, somos nosotros, cualquiera de nosotros puede ser su tataranieto, su chozno. Recordarlo no debería ser sólo una preocupación de la incansable Lucía Molina y la Casa Indo Afro Americana a quienes tanto debemos. Es tarea de todos. Porque todos podemos ser, y por eso todos somos un poco, afrosantafesinos.

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