Compartimos el mundo con otros seres: las plantas y los animales

fuente: por Eleuterio Martínez (República Dominicana)

/// Desde el mismo momento en que nacemos y hasta la muerte, asumimos una deuda y un compromiso con la vida que debemos honrar con nuestra conducta y comportamiento al relacionarnos con nuestros compañeros de hogar: plantas, animales y microorganismos.
Somos uno con la vida. Estamos íntimamente ligados a la naturaleza y a todas sus manifestaciones. Nuestra esencia es consustancial con el aire, el agua, la tierra y la energía. Aunque no lo vemos y vagamente lo percibimos, estamos unidos al centro de radiación de vida por un cordón umbilical indisoluble. Con cada inhalación tomamos el gran aliento y fijamos en nuestro cuerpo la realidad que nos envuelve. El agua es la sangre del planeta y el vínculo de transfusión permanente que une y sostiene a la totalidad de organismos biológicos que existen dentro de la biosfera. Los alimentos sirven de puente o medio de transporte de la energía que transmite la tierra a los organismos para garantizar su existencia.
Desde lo más simple a lo más complejo, desde las expresiones más diminutas (una bacteria por ejemplo) hasta los gigantes descomunales (una ballena azul) y como testimonio fiel del hecho más cierto que existe en el seno de la naturaleza, surge la vida para hacer posible la realidad que compartimos. No importa su forma o medio de expresión y mucho menos el espacio que ocupe en la tierra, las aguas o el aire, la vida es el tesoro más valioso que existe y que a todos nos corresponde celebrar, pues cada ser humano es el mejor testigo de la sapiencia infinita de la naturaleza, acumulada e incesantemente perfeccionada por el lento discurrir de la evolución. De ahí que toda expresión de vida que apreciamos en su seno, es el producto mejor elaborado, cuidadosamente seleccionado y dotado de todas las facultades para cumplir eficientemente su papel en el concierto de organismos que componen la biodiversidad.
Es así como el respeto a la vida se erige como principio ético y como un deber moral para el ser humano, pues toda forma de vida tiene un valor y una dignidad independientemente del criterio o el concepto que de ella se pueda tener. La naturaleza precisa de todas sus criaturas y sólo ella puede disponer de las mismas cuando así las circunstancias lo determinen. Todo en su seno puede ser beneficioso para la especie humana y útil para la vida en su totalidad. Vivir y dejar vivir debe ser el principio filosófico que le sirva de soporte a la conducta o al comportamiento del hombre con respecto a sus compañeros de hogar, no importa que su piel esté cubierta de plumas o escamas, cutículas o estomas.

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