Una pequeña confesión, aprender es darse cuenta…

fuente: por Carlos Skliar, escritor

Ningún tecnicismo científico ni ninguna expresión sofisticada pueden sustraernos del hecho que aún no disponemos de alguna noción honesta sobre el aprender, a no ser el “darse cuenta”.
El “darse cuenta” está en nuestras biografías, no en un concepto rígido y enjaulado.
Si algo aprendemos, sobre todo cuando se trata de las cosas más importantes de la vida –por ejemplo aprender el silencio, la muerte, el amor, la amistad, la lectura, el paso del tiempo, la belleza, la miseria- es cuando nos “damos cuenta” de ello, y para “darnos cuenta” necesitamos tiempo, espacio, soledad.
Darse cuenta es el segundo más bello y más agónico de la vida. No puede evaluarse, ni medirse, ni normalizarse, ni detenerse, ni olvidarse.
Nuestras vidas están narradas por todos aquellos momentos en que nos “dimos cuenta”, aunque ese “darse cuenta” fuese demasiado pronto, aunque fuese demasiado tarde.
Por más que durante toda la vida nos hayan hablado de la importancia del amor, de la trascendencia de la lectura, de la relevancia de la política, aprendemos sólo en ese instante en que nos damos cuenta en nosotros mismos, sí, de cada cosa y de todo ello..
Para aprender –para amar, para mirar el rostro de lo bueno y de lo terrible, para apreciar lo bello y lo horrendo del mundo- hay que crear espacios y tiempos de intimidad, dejarnos un poco en paz y que todos tengamos la posibilidad de «darnos cuenta», sin reprobaciones y sin violencia.
No vernos forzados a aprender por otras razones o por otros lenguajes impropios, que nos obligan a darnos cuenta pero sin nuestra presencia: un aprendizaje sin nuestro cuerpo, sin nuestra biografía, es una fórmula vacía, seca.
Aprender es «darse cuenta», sí.
No hace falta tanto ceremonial para brindar o para llorar por ello.

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